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Del embargo al secuestro: la crisis del petróleo estalla en Zúrich

El debate que desnuda las potencias

Octubre 1973, los delegados entran en tensión, existen ya informes preocupantes, que advierten de escasez de combustible en Europa y Norteamérica. El embargo árabe ha reducido en torno a una quinta parte el flujo de petróleo hacia el bloque occidental y aquí, en este comité de crisis, se intenta decidir si el mundo se encamina hacia una recesión profunda o hacia un nuevo reparto del poder.

La Unión Soviética es la primera en intervenir: reivindica el comunismo como alternativa a un sistema capitalista, que, afirma, que ha permitido que una potencia hegemónica diseñe un orden económico desequilibrado y vulnerable. A esto Israel declara que en esta sala no solo se discute quien tiene o no petróleo, sino quien ha sido abusador y quien abusado; “hemos sido invadidos” insiste.

Arabia Saudí aprovecha esta tensión para lanzar su propio alegato, criticando a Israel y acusando al Estado judío de ocupar las tierras de sus “hermanos palestinos” y denunciando a la vez que el comunismo “quiere acabar con Dios”. Por otra parte, Irak llama a todos los países árabes, pues ahora son los llamados países del tercer mundo los que “tienen la sartén por el mango”, haciendo a las potencias occidentales “temerles”.

Egipto, con el representante Mohamed Hasan, eleva el tono del debate. Pregunta cómo pueden aquellos quienes en 1971 devaluaron el dólar para perjudicar a los países exportadores de petróleo y acusa a las potencias occidentales de haber explotado durante décadas sus recursos y a su gente. Kissinger replica apelando a la “responsabilidad histórica” de Estados Unidos: vencedor de guerras, garante de un mundo libre y defensor del pueblo judío. Por su parte, la delegación canadiense ratifica su compromiso con el bloque occidental, defendiendo el capitalismo frente a otras opciones, pese a admitir los fallos del sistema reclama poner sobre la mesa el conflicto palestino-israelí.

Frente a estas declaraciones, Igal Alón, representante israelí, insiste en su relato: ha sido un Estado acosado desde el nacimiento y, sus fronteras desde la guerra de 1967, son indispensables para su seguridad. Egipto contraataca: “¿De qué sirve ser motor del mundo si no tienes petróleo?”, lanza, y deja flotando la idea de que la crisis es también una oportunidad para quienes han sido siempre el engranaje explotado de esa maquinaria.

Sudáfrica, en voz de Hilgard Muller, introduce su prisma racial, sugiriendo que el problema ha surgido porque “los no blancos” controlan el petróleo. Venezuela interviene para recordar la soberanía de los Estados sobre sus recursos naturales. La delegación soviética vuelve a cargar contra “la hipocresía” de los Estados Unidos, se presenta como hermana de los pueblos árabes y cuestiona incluso la legitimidad religiosa y política del proyecto sionista. En ese instante, Estados Unidos se reivindica como garante de la paz y la seguridad global y presume de recursos y tecnología, mientras acusa a la URSS de tiranía y falta de democracia. Canadá cuestiona la autoridad moral soviética para dar lecciones de libertad.

Las primeras horas traen un parte que cambia el tono del comité. Varios Estados árabes productores, actuando a través de la OAPEC, anuncian un embargo inmediato de crudo hacia Estados Unidos, los Países Bajos y otros aliados de Israel, acompañado de recortes coordinados de producción del 5% mensual y la advertencia explícita de que podrían intensificarse. Los precios se disparan en los mercados, las capitales financieras realizan reuniones de urgencia y empiezan a llegar informes de escasez de combustible en Europa y Norteamérica, con la producción industrial desacelerando y las presiones inflacionarias acumulándose.

Arabia Saudí responde a las primeras reacciones occidentales recordando que son los países árabes quienes poseen el recurso y quienes fijarán un precio justo. La sensación de que el conflicto ha dejado de ser regional para convertirse en un problema sistémico se instala en la sala: las decisiones de Zúrich influirán directamente en el equilibrio de poder internacional.

El 20 de octubre de 1973, una actualización interna revela que trabajadores clave de la industria petrolera saudí están recibiendo ofertas discretas para abandonar el país a cambio de fuertes compensaciones, incluso en el escenario de que el marco actual desaparezca. Esos rumores bastan para crear incertidumbre en el sector, sembrar dudas sobre la estabilidad interna de Arabia Saudí y alimentar la sospecha de que hay manos externas tratando de desestabilizar el corazón del suministro.

Sudáfrica anuncia un racionamiento jerarquizado de combustibles para proteger sectores considerados esenciales, pero la medida es criticada porque castiga sobre todo a la población no blanca y refuerza la imagen de un régimen abiertamente racista. La URSS denuncia esa desigualdad, Sudáfrica responde con declaraciones provocadoras y el intercambio degenera en un choque directo entre Pretoria y Moscú. En medio de esto, el neerlandés Max Van Der Stoel intenta reconducir la discusión al eje central: recuerda que los países occidentales necesitan un diálogo serio y cordial con los productores árabes porque “el petróleo está ahí”.

Desde Egipto llegan además testimonios de civiles que aseguran haber visto hombres “de apariencia judía” merodeando zonas próximas al Canal de Suez, tomando notas y observando el terreno. Las autoridades no confirman esos avistamientos, pero en un contexto de guerra reciente cualquier rumor alrededor del canal multiplica la tensión. Egipto utiliza ese clima para advertir en el comité de que su territorio está en riesgo y para justificar la nacionalización del canal como medida de protección, mientras Irak los interpreta como prueba de que Israel no busca la paz y quiere controlar la parte marítima de la región.

A 22 de octubre, una nueva actualización vuelve a situar a Arabia Saudí en el centro. Se confirma que trabajadores clave de Arabia Saudí han sido contactados informalmente con una pregunta todavía más directa: si permanecerían en el país con una compensación suficiente incluso si la propia Arabía dejara de existir. El origen de esos contactos sigue sin aclararse, pero la empresa traslada su preocupación y sugiere que hay interferencias externas, al tiempo que crece la desconfianza hacia la capacidad del gobierno saudí para garantizar la estabilidad interna.

En respuesta a la escalada, Kissinger anuncia formalmente la creación del Consejo Energético Atlántico (CEA), un mecanismo para coordinar a los países occidentales en materia de suministro, precios y seguridad. Además, cursa invitaciones a sus aliados. Canadá introduce precios regulados para determinados consumidores de crudo, decisión que divide a la opinión pública; y Sudáfrica detalla su sistema de racionamiento jerarquizado, criticado dentro y fuera por afectar sobre todo a los no blancos.

Casi al mismo tiempo, las denuncias sobre presuntos agentes judíos cerca del Canal de Suez llegan al comité. Estados Unidos niega que haya operaciones encubiertas, se reivindica como potencia diplomática y dice estar dispuesto a hablar con todos. La URSS le acusa de hipocresía, Israel se queja de que Egipto use la supuesta “falta de apoyo” estadounidense para mover bunkers hacia la frontera y Arabia Saudí exige a Israel que diga qué está dispuesto a ceder, insinuando que sin devolución de tierras a los palestinos no habrá paz ni petróleo. La discusión desemboca en una nueva ronda de caucus: Irak pregunta qué puede hacer realmente Israel ante la crisis palestina, Venezuela anima a los países con petróleo a defender sus intereses, Sudáfrica advierte de que la situación se alarga demasiado y Canadá insiste en que, para avanzar, hay que hablar con claridad de lo que está pasando en el Canal de Suez.

El uno de noviembre gira en torno a Max Van Der Stoel. Sudáfrica pide una prueba de vida de Van Der Stoel, que lleva días desaparecido; Israel reclama su liberación inmediata y Estados Unidos advierte a Irak de “consecuencias” si pone en libertad al preso, insinuando incluso una posible respuesta nuclear. La URSS rechaza recurrir al arma atómica y recuerda que también dispone de ese poder, mientras Arabia Saudí propone una tregua de diez días vinculada a la liberación y Egipto ofrece reducir el flujo de armas hacia Israel. Llegan pruebas de vida de Van der Stoel.

En ese mismo tramo, Israel vuelve a subrayar la importancia del Canal de Suez y EEUU pide a Egipto que explicite su postura. El Cairo insiste en que el canal está nacionalizado y solo lo cederá si obtiene contrapartidas claras: menos tropas estadounidenses en Israel y un precio del crudo fijado en oro en lugar de dólares para romper el monopolio financiero occidental. Canadá cuestiona si la nacionalización responde solo a intereses egipcios; Israel replica que su presencia en la península es defensiva; Sudáfrica ofrece sus puertos a quien no exija igualdad racial e Irak recalca que, a su juicio, el verdadero invasor en la región es Israel.

Tras una nueva actualización se certifica que la economía occidental está en un punto crítico. La reducción de alrededor del 20% de las exportaciones de petróleo provoca escasez generalizada de energía, cierres temporales de fábricas, racionamiento de combustibles y una inflación en rápido ascenso, mientras las reservas estratégicas se agotan y se habla abiertamente de riesgo de recesión profunda. La crisis golpea también a los productores árabes: la menor actividad ligada al crudo genera despidos masivos en sectores auxiliares y un malestar social que preocupa a sus gobiernos. En Europa occidental, Francia y la República Federal de Alemania aseguran un colchón firmando con la URSS un acuerdo de diez años de suministro de petróleo y gas a precios muy inferiores a los del mercado, lo que altera equilibrios internos y despierta envidia entre otros socios.

La crisis del petróleo ha dejado de ser un problema de surtidores y se ha convertido en aquello que dicta un nuevo orden mundial: aquí, en Zúrich, se conjugan estos días las palabras que decidirán cuánto valen el trabajo, la luz y la estabilidad política en los años que vienen. Nadie discute ya que el petróleo ha dejado de ser solo un combustible: se ha convertido en la unidad de medida del poder en 1973.

Claudia Paredes

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